Los soldados van cayendo a las certeras lanzas que llegan del averno. Nos crucifican sus puntas, como si todas bañadas de pecado, fuéramos Cristo. El nudo de la angustia nos enreda las palabras y en ocasiones las esperanzas. Si nosotras todas pudiéramos tener alas y volar por tantos cielos, hacernos al abrazo, reírnos del pasado, y después cansadas alredor del Sol, sonreír con la dicha de una batalla ganada.
Los soldados van cayendo a las certeras lanzas que llegan del averno. Nos hieren tanto que nos salen callos. Nos lastiman las líneas del rostro y agrietan el corazón ya golpeado. Estiran nuestra tolerancia como elástico de liga, y nos hacemos cual escama de serpiente para mudarnos día con día la piel y amanecer sonrientes ante las gentes.
Los soldados van cayendo a las certeras lanzas del averno. El eco que retumba en nuestros oidos son crepitaciones que nos van desgarrando, nos hacemos humo, vaho, llanto, esperanza, mueca de sonrisa, quebranto. Y sin embargo, somos un sólo abrazo haciéndonos escudo ante las lanzas del averno.
(Norma Zegarra)
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