Un hilo de plata espinado recorre mi esófago,
y a su ritmo éste se hace nudo. Algunos dicen, es angustia.
Mi cabeza es bola de pin pon y el vértigo que se enraíza, su detonante.
Pero ante todo y sobre todo, pienso con los hombros algo marchitos,
que empezó el tic tac que hace tiempo esperaba.
Mis oídos escuchan menos que ayer, no quieren escuchar a nadie. Bueno, sólo a unos pocos.
Hay un cansancio que se extiende más allá de las extremidades, más allá de las mañanas apuradas. Es el cansancio del alma. Y cuando el alma se cansa, digo yo. ¿Quién puede reanimarla? (Norma Zegarra)
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