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miércoles, 21 de agosto de 2019

Amazonía


   Se elevaba verde y espigada para el mundo. Era imponente pero humilde y de brazos abiertos sus ramas. Se bañaba cada tarde de lluvia fresca y enjugaba sus hojas de cara al sol.
Eran como un ágape sus copas. El viento las hacía sonreír a su paso y cantaban quedito al vuelo de las aves coloridas.
Sus raíces eran las venas del hombre, su vaho el oxígeno a mis pulmones.
Pero ¿Qué te han hecho? ¿Quién ha estropeado tu traje esperanza? Ahora te arrastras entre las cenizas antes de greda y buscas refugio  a lo largo del río.
¿Quién te ha herido de muerte?  ¿Cuándo darán tregua a tu agonía? ¿No ven acaso, que
arden vulnerables las fieras en tus devastadas tierras?
Se elevaba verde y espigada para el mundo. Era enorme, cimbreante, frondosa y sana. En las noches era Virgen iluminada con el alocado vibrar de las luciérnagas. Al alba la coronaba el sol como rindiéndose a su majestuosidad.
El Amazonas y sus cauces desbordaban alegría, cuando de sus vastas aguas bufeos rosados emergían. Pero ¿Qué te han hecho? Ahora eres humo y destrucción, periquito de origami muerto de sed. ¿A dónde emigrarán tus hijos alados? ¿A quién alimentarán ahora tus mustios frutos?
Algún día reverdecerás y beberás nuevamente de aguaceros. Desde lo alto de tus verdes picos refrescarás el suelo y volverás a entregarnos promesas y consuelo. Pero hoy, Amazonía... hoy no es ese día. (Norma Zegarra)

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