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sábado, 14 de septiembre de 2019

Dulce miel de eucalipto

Mi pequeña, mi dulce miel de eucalipto y jazmín. Hace mucho que no rindo homenaje ni a tus ojos castaños, ni a tus mejillas de rosas pastel.
Hace varios veranos que no menciono en mis versos a las cintas de tu pelo que abanican tu risa sonora. Tampoco te he mirado tanto como para que me mires mucho, pero no pienses que no escucho de tus logros en la escuela. Así es, Gabriela. Hace ya buen tiempo que mis líneas han sido esquivas a para tí. Pero no es desgano, no es el tiempo, no es la piel, es solamente que al escribirte, las palabras quedan estrechas, cortas, borroso pergamino. Pero pienso es oportuno, ahora que la primavera vislumbra dedicarte mi poesía sencilla y pura. Decirte por ejemplo, que te veo espigada como el dorado trigo que parece alzarse alegre hacia el sol.
Que vivo enamorada de tu mirada y tus sonrisas traviesas, de tus muecas y tus bailes espontáneos.
Sí, Gabriela. Hasta hoy no hice justicia a tu delicado marco de cejas, ni a tu canto de tarde, ni a tus brincos de saltamontes sobre la cama. Quiero decirte, mi chiquita de mirada triste, que en el mundo no existe más grande amor que el que te profeso desde el tambor de mi corazón. Que me sorprendes cuando emites una palabra nueva ó lees completa una oración. Al ver tus piruetas en gimnasia ó tu estilo en natación. Que la estrella sobre tu aura te augura un futuro prometedor, que tu espíritu de hada ejerce sobre mami un efecto sanador.
Mi pequeña, mi dulce miel de eucalipto y jazmín. Como ves, es imposible halagar a la flor más linda de mi jardín. Son necesarios siglos, cuadernos y hojas de papel sin fin. (Norma Zegarra)


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